Trabajar te enseña a esperar

Trabajar te enseña a esperar

En Juan 15, Jesús claramente explica que el Padre es el labrador, Jesús es la vid verdadera, y nosotros somos los pámpanos. La actitud del Padre como labrador es ir, buscar fruto, recortar y podar esa viña para que lleve más fruto.

Es un honor que Dios te pode porque la otra opción es que te corte y te eche al fuego. Cuando te poda, quiere decir que tiene expectativa de que tú lleves más fruto. Ser seleccionado para la poda quiere decir que Dios tiene expectativa de cosas más grandes para ti.

“Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. 2 La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres.” Isaías 5:1-2

Lamentablemente, a veces, nuestra mente nos lleva a conclusiones por imágenes que se nos presentan, por visuales, y llegamos a conclusiones que no son reales. Detrás de ciertas imágenes hermosas, hay realidades que a veces no entendemos. Por ejemplo, todos hemos visto jardines grandes, hermosos, sumamente cuidados; hay castillos en lugares de Europa, por ejemplo, donde es impresionante cómo todo está en orden. Es hermoso y digno de contemplar. Uno sabe que tiene que haber un cuidado especial detrás. La otra imagen que siempre se nos proyecta de aquellas personas que trabajan la tierra son bonitas; una persona trabajando sus hortalizas, con sus manos limpias, felices; pero la realidad es que eso no es verdad. El trabajo de jardinería, el trabajo de labrar la tierra es un trabajo sucio, difícil; y más en el comienzo de algo. Cuando un grupo de personas entra a trabajar en una finca, tiene que primero sacar los matojos, sacar piedras; es un trabajo de sudor. Luego que el jardín crece y queda todo en su lugar, el trabajo que requiere es uno de mantenimiento, que es un poco más sencillo que lo que es el comienzo de ese jardín; pero la realidad es que el trabajo de jardinería, en particular el comienzo de una gran cosecha, es algo sucio, complicado. Y a veces no lo entendemos.

Queremos resultados hermosos sin pasar por el trabajo sucio.

Queremos resultados hermosos en nuestra vida sin pasar por el proceso, sin la experiencia de llegar a ese punto donde realicemos que el trabajo de tener una viña que produce, cuesta mucho esfuerzo.

Dale gracias a Dios que, desde el principio de la humanidad, Él nunca ha obviado su responsabilidad, sino que siempre ha estado dispuesto a meter la mano en el fango por nosotros. Dice la Biblia que Dios tomó al hombre y lo formó de la tierra. El Señor metió la mano en el polvo, metió la mano en la tierra, formó al hombre, no tuvo problema en ensuciarse la mano con nosotros y, desde ese día, Dios nunca ha tenido problema en hacer el trabajo difícil simplemente porque ha visto el potencial en tu vida, en la humanidad, y tú tienes que entonces tener esa misma actitud hacia tu vida y hacia todo a tu alrededor. Por que el trabajo a tu alrededor sea complicado, difícil, y tengas que ensuciarte por un momento, no puedes tratar de vivir con la idea ilusoria de que no te va a costar algo más allá de lo que un instante pensaste.

El tener una viña que produce cuesta trabajo. Es un trabajo sucio, requiere esfuerzo, y no puedes esperar tener frutos si primero Dios no hace ese trabajo y tú no estás dispuesto a hacer tu parte de la misma manera.

Si complicado, duro y trabajoso es el comenzar una viña, un jardín, más complicado es el momento donde no produce lo que tú esperas y llegó el momento de cortar. Si es trabajo difícil el levantar un viñedo, el levantar una finca desde cero, más difícil es emocionalmente el tener que tomar la decisión de que, a pesar de haber ya invertido tanto tiempo, en realidad no funcionó, no sirvió, por lo que tienes que entonces cortar. Y eso es lo que tiene que hacer el labrador en Isaías 5.

“4 ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres? Isaías 5:4

Las uvas silvestres son uvas amargas, que no sirven para un buen vino.

“5 Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. 6 Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella.” Isaías 5:5-6

Piensa por un momento, ¿cuál de las dos etapas fue la más difícil? La de preparar la tierra es difícil físicamente; la de decidir que aquello no funciona y tienes que cortarlo es una decisión emocional sumamente complicada, una decisión mental.

La gente, con su mente, quiere comenzar la finca, y con sus manos quieren acabarla, y es todo lo contrario: comienzas con tus manos y la terminas con tus emociones cuando no funciona. Ahí es que comienza la gran batalla. Lamentablemente, hay cristianos que no entienden este principio, por lo que quieren orar para que ciertas cosas sean productivas, cuando ya tienen que ser cortadas. Y no hay tal cosa como orar para que esas cosas que ya no van a producir, produzcan. Hay un momento en que tienes que decir: se acabó, se terminó. Pero has invertido tanto esfuerzo en eso, que dejarlo ir se vuelve complicado y no ves que el mismo Dios, cuando tiene que tomar una decisión como esta, la toma, sabiendo que no puede invertir más tiempo y que no puede inutilizar un lugar fértil con algo que simplemente no sirve.

Tú tienes que ir más allá y ver esto en tu vida de la manera correcta y tomar decisiones, por difíciles que sean. Si hay algo en tu vida que todavía te queda por hacer, hazlo; pero si no rinde los resultados, corta.

“¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?” Isaías 5:4

Él no espera por esperar; los primeros versos te dicen que él sembró buenas uvas. Uno nunca debe esperar algo diferente a lo que ha sembrado; pero si tú has hecho todo lo correcto, todo lo que puedes, y estás seguro que la calidad de lo que sembraste es maravillosa y no hubo resultados, llegó el momento de cortar. Y tienes que decirles a la gente: júzguenme a mí, no mi trabajo; juzguen mi carácter, mi trascendencia, mis resultados, y miren a los demás a ver con quién te vas a identificar, a ver quién tiene la razón; mira la trayectoria.

Esto es importante en la vida del cristiano porque nosotros como creyentes, cada vez más como iglesia madura, tenemos que enfatizar el mirar el éxito de una persona no por los dones, sino por el fruto del Espíritu en su vida. Una persona es un verdadero creyente no por sus dones, sino por el fruto del Espíritu, que es resultado de la permanencia constante y consistente de esa persona en una relación con Dios, donde demuestra que su carácter está cambiando, siendo renovado por el poder de la palabra de Dios, y su vida ha sido totalmente transformada. Es mejor tener en tu vida cerca a alguien que tenga buen fruto y no un gran don, que tener a alguien con un gran don, pero sin frutos. Porque un día, la carencia de carácter y de madurez hará que el don sea también menospreciado y cuestionado. Y como creyentes, tenemos que mirar de esta forma madura cada vez más nuestra vida y tomar decisiones claras y precisas.
DIOS ES BUENO !!

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